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de 5. Enero 2024

La Sangre Borrada


Una reflexión sobre la construcción de identidades territoriales en Chile

La Sangre Borrada – Claudio Pérez es Geografo y Magister en Antropología y Desarrollo de la U. De Chile, MBA de la U. Del Desarrollo y tiene otros posgrados en Liderazgo y Coaching y Habilidades Directivas. Ha trabajado como consultor en estudios de mercado, diseño de productos y gestión de innovación. También se ha desempeñado en cargos de liderazgo de equipos para empresas nacionales e internacionales y en el sector público. Además ha sido profesor universitario. Actualmente es gerente general de Eduprisma, su empresa de innovación educativa.

Conoce más de Eduprisma y su trabajo en www.eduprisma.cl e www.instagram.com/eduprisma_cl

De Mapochoes, Maúleses y Cafquenes

A través de mis estudios en antropología, geografía junto a la revisión de diferentes libros y la posibilidad de conversar con arrieros, arqueólogos, etno historiadores y antiguos habitantes de la zona centro sur de Chile, he podido aprender acerca de diferentes grupos humanos que habitaron dicho territorio en tiempos pasados. Fue así como aprendí de la presencia de los chiquillanes en la cordillera, herederos hasta hace poco tiempo del modo de vida de cazadores y recolectores que habitaron la cordillera de Los Andes entre Chile y Argentina desde hace al menos 12,000 años antes del presente. Así mismo aprendí sobre los promaucaes, también llamados “purum awccas” o enemigos salvajes por los incas cuando llegaron al territorio y se los encontraron habitando el valle central. También aprendí sobre los diferentes subgrupos que habitaban los valles con nombres asociados a los ríos como los conocemos hoy, ejemplo de lo cual fueron los Maipoes del río Maipo, los Mapochoes del río Mapocho anteriormente llamado Río Mapuche, los Cures de Curicó, los Maúleses del Río Maule y los Cafquenes y Ñubles más al sur. A partir de ello mi curiosidad me llevó a querer saber dónde están las y los herederos de dichos grupos humanos en tiempos presentes. Pensé que si la antropología genética nos ha permitido identificar a los grupos provenientes a América desde Asia y Europa, e incluso antes de eso desde África, entonces también habría de ser posible rastrear quiénes son los descendientes de promaucaes, chiquillanes, mapochoes y maúleses por señalar solo a algunos. Desde ya mencionaré que en Chile tenemos escasa investigación científica respecto de nuestros orígenes genéticos, a la vez que me parece muy positivo el trabajo que han desarrollado investigadores nacionales e internacionales en el último tiempo para identificar las trazas genéticas del pueblo mapuche hasta hace 5000 años atrás. Como no existe suficiente información de tipo genética sobre nuestros orígenes debo reorientar mi curiosidad hacia un carácter más bien cultural, a partir de lo cual una buena pregunta a hacer sería: ¿quiénes son los herederos culturales de estas etnias que en el pasado habitaron el territorio chileno y que hoy en día ya no existen?

Pueblo Aymara, Putre

Habitantes ancestrales

Hacernos esta pregunta permite adentrarnos en reflexiones muy interesantes, ya que en distintos territorios a lo largo de nuestro país la situación más común es que las personas que actualmente habitan los territorios no son originarios de estos. Claro, en muchos casos podemos encontrar una ascendencia de hasta 3, 4 e incluso 5 generaciones, pero no más allá de eso, a partir de lo cual surge la oportunidad para plantear nuevas preguntas en búsqueda de conectar nuestra identidad con el legado de nuestros ancestros, una situación en la cual dichos legados ancestrales en la manifestación que fuere son patrimonio de la otredad, es decir, de quiénes habitaron el territorio y le dieron una identidad pasada, pero que hoy en día ya no están y donde tampoco se ha desarrollado un traspaso cultural intergeneracional entre quienes habitaron el territorio antes y quienes lo habitan hoy. Es así como en el Maule entonces nadie es heredero de quienes hicieron los petroglifos de Guaiquivilo, en el Cajón del Maipo y Farellones nadie es heredero de los Incas que llegaron hasta el cerro El Plomo y en Huara nadie es heredero de quienes construyeron el geoglifo “El Gigante de Tarapacá”.
Siendo esto así, es decir, una condición en la cual nos hemos desarrollado como sociedad sin conocer, valorar, ni cuidar el legado de nuestros ancestros, hace sentido -tristemente- que la historia de Chile la aprendamos en el colegio principalmente como una historia desde los mapuches y españoles en adelante, donde lo que tenemos más a mano para simbolizar los elementos de identidad territorial tenga relación con guerras de hace un par de siglos, manifestaciones de evangelización cristiana y el desarrollo industrial impulsado desde el siglo 19.

Arte rupestre, Maule

Herederos culturales

Es como si fuéramos, en gran medida, un país del cual su sangre original se ha borrado. Un país del cual no quedan herederos culturales, quienes, más allá de ser la descendencia sanguínea de los habitantes originarios de los territorios, hayan “tomado la posta”, poniendo en valor el legado ancestral en forma de manifestaciones culturales de valor patrimonial. Alejandro Jodorowski en su libro “Metagenealogía” plantea que existe una herencia cultural intergeneracional la cual a nivel subconsciente está presente y actúa como parte de nuestras propias vidas presentes. Esto me llama la atención en relación a lo que sucede con las identidades territoriales, basadas en tantos elementos bélicos, industriales, religiosos y de la relacion campo-ciudad y de patron-peón, que estoy seguro no hace honor a la historia rica y profunda de los territorios, la cual al estar invisibilizada nos transforma en herederos de la nada, es desconocedores de nuestro ser, en expatriados imposibilitados de construir una vision compartida porque a falta de educacion patrimonial no sabemos que elementos nos vinculan. Y así llegamos a este Chile sin una identidad bien fundada. A un Chile como un todo sin puntos de encuentro. No hay historias vinculantes, no hay universos de contenidos territoriales, ni épicas de los territorios, lo cual obviamente se transforma en una barrera para implementar estrategias de turismo de intereses especiales, uno de los sectores industriales más sostenibles en el análisis comparativo.

Pueblo Aymara

Sangre borrada

Vivimos en un país representativo de lo que en muchos de sus territorios podría llamarse una sangre borrada, como la de los promaucaes y chiquillanes en la zona centro sur, quienes absorbidos por la presencia mapuche no traspasaron a generaciones futuras la herencia cultural de su presencia ancestral y sus sellos identitarios, cosmovisión y modo de vida en dichas tierras.
Al respecto recuerdo cuando visité por primera vez los petroglifos en el estero Calabozos, en la región del Maule, y al hablar con arrieros locales referían a los petroglifos como “piedras pintadas” y como elementos que no le son propios ni relacionados a su ascendencia ancestral, como declarando “vivimos aquí pero no somos de aquí… quiénes los hicieron fueron otros, los indios…” pero resulta que nadie es hoy en dicho territorio un heredero cultural de esos indios. Ante este tipo de fenómenos no me extraña en absoluto que al mirar los escudos de las diferentes regiones, provincias y comunas que componen nuestro país haya una escasa relación entre patrimonio cultural, es decir, lo propio que es heredado y los iconos que simbólicamente adornan dichos escudos, en los que sí prevalecen -como ya mencioné- las alusiones al desarrollo industrial, a guerras pasadas, al catolicismo y a uno que otro elemento de patrimonio natural.

Valle Huiaiquvillo

Libro de la historia de Chile

Es como si no recogiéramos suficientemente bien la historia; como si solo nos conformáramos con leer unas pocas páginas hacia atrás de lo que es el gran libro de la historia de Chile y no consideráramos el grueso del libro, donde están escritas las páginas que fundaron el Chile mas profundo.
¿Quién o quiénes habrán diseñado y/o definido qué elementos incorporar en los escudos de cada territorio?, todo esto en el contexto de cuestionarme -en este contexto marcado por el proceso constitucional- la necesaria búsqueda de respuestas y el cuestionamiento sobre quiénes somos, quienes queremos ser o cómo queremos ser como grupo social. He tenido la posibilidad de trabajar en grandes empresas y también de asesorar empresas en sus procesos de creación o de refundación y puedo dar fe de que algo que en todas ellas es común, es la creación de una visión, misión e incluso valores compartidos, los cuales son de alta utilidad en el funcionamiento de dichas organizaciones porque generan el marco de acción para quienes conforman dichas organizaciones. En relación a esto, me parece que como país no hemos hecho bien ese ejercicio, lo cual queda absolutamente claro en un momento de visiones tan polarizadas y escasez de acuerdos sociales como es el momento presente. Me parece triste entonces reflexionar e incluso asumir que en un país sin una visión, misión, ni valores compartidos, las empresas puedan operar sin un marco de acción en una suerte de libre albedrío. No puedo evitar pensar en la industria
salmonera como un gran ejemplo de esto.

Identidad territorial

Y es aquí entonces donde hablar de identidad territorial deja de ser un tema mal llamado “blando” y al parecer pasa a ser un tema “duro”, es decir, una dimensión determinante para el desarrollo de una sociedad que busque ser más sostenible. ¿Cómo vamos a definir una dirección común si no sabemos quienes somos, cuales son nuestros orígenes ni el valor de los mensajes de quienes habitaron estas tierras en el pasado? ¿Dónde está la puesta en valor de esos 10,000 u 11,000 años de presencia humana, previos al surgimiento de etnias como la mapuche, solo por nombrar a una de significativa presencia en nuestro territorio continental?. ¿Dónde está el reconocimiento de esos miles de años en los cuales grupos de cazadores recolectores recorrieron la cordillera y los valles en una estrecha relación con la naturaleza, siendo parte de ella y entendiéndola absolutamente para poder llevar su vida a cabo? Pienso en cómo podemos ser un país con una matriz económica más sostenible y, en función de esta falta de identidad, propongo que indagar en la historia oculta y sacar a la luz lo que no se ha contado, permite aportar universos de contenidos que adornarán una nueva historia de Chile, siendo esto una gran oportunidad para dotar de épicas a los territorios y para que así podamos capitalizar, a través de una industria turística más desarrollada de turismo de intereses especiales, una economía menos extractivista y más sostenible, capaz de generar empleo e ingresos para distintos eslabones de la cadena económica que es el turismo, sin olvidar que esta actividad genera cerca del 15% del PIB mundial.

Turismo de intereses especiales

He tenido la oportunidad de participar de reuniones con gremios turísticos de diversos territorios, en las cuales los empresarios de turismo buscan con qué elementos atraer turistas a los territorios y en dichos procesos generan nuevas propuestas de actividades, las cuales no tienen ninguna vinculación con la vocación sociocultural y ambiental de los territorios. Dicho es el caso, por ejemplo,del Cajón del Maipo, donde he presenciado la propuesta -incluso apoyada por la institucionalidad pública- de promover a este destino como el “destino del romance y de los matrimonios”. Yo estoy muy en desacuerdo y creo que este territorio no debería ser el destino de los matrimonios sino el destino de los patrimonios, puesto que al conocerlo y entenderlo podemos apreciar que no hay nada que inventar, y solo hay que poner patrimonios en valor, como son el patrimonio natural, gastronómico, astronómico, arqueológico, paleontológico, artístico y así la lista sigue.
Con la presencia de estas variadas dimensiones patrimoniales tenemos todo lo que necesitamos para co-definir caracteres identitarios territoriales, los cuales integren universos de contenidos y épicas que sustenten a los territorios desde sus conceptos subyacentes y su significancia como destinos de inmenso interés turístico. Supongo que ya llegará el día en el cual alguien quiera tatuarse un petroglifo del Cajón del Maipo o una leyenda de la cordillera del Maule, pero hasta que dichos territorios no desarrollen sus épicas y esas épicas se desarrollan como motivo suficiente para querer visitar dichos destinos, tenemos territorios dormidos e infértiles en virtud de la explotación sostenible de su potencial turístico.

El pasado es el futuro


Dejemos de mirar para afuera dejemos de buscar la nueva tendencia que imitar. Soltemos por un minuto presente y el futuro y pongamos en valor el pasado. Tal cual dice la Organización Mundial del Turismo: “El pasado es el futuro”. El llamado la nueva era es a mirar hacia adentro y hacia el pasado, una invitación que nos permite integrar lo aprendido en el pasado para vivir de forma más sostenible. La posibilidad de desarrollar una individualidad y distinciones únicas en cada persona que compone una sociedad es un elemento que agrega valor al desarrollo cultural y además es un derecho. Dicho eso, para avanzar en sociedad como un conjunto, se hace necesario establecer puntos de encuentro en los cuales seamos capaces de reconocernos como parte de una historia y de un contexto cultural -en simple, lo propio de quienes habitan un determinado territorio- lo cual no es un asunto ni político, ni del Estado, ni religioso. Es un asunto de carácter netamente social, un proceso que propongo ha de ser guiado desde los establecimientos educativos y permeé hacia las conversaciones en los hogares en las plazas y en los puntos de encuentro que como sociedad definamos para definir los lineamientos de nuestra identidad. De no ser así, en un futuro nuestro legado también será invisibilizado y seremos nuevas gotas de esa sangre borrada y, en el lugar donde estén, promaucaes, chiquillanes y otras tribus se preguntarán por qué nuestro paso por la vida no fructiferó en un mensaje capaz de ser capitalizado como sabiduría para afrontar el desarrollo de una sociedad más armónica entre quienes la componen y con la madre naturaleza.


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