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de 10. Septiembre 2025

Entre hielo y ciencia: la exploración glaciológica de Camilo Rada


Camilo Rada es un apasionado explorador y científico chileno, cuya trayectoria combina la investigación académica con la aventura en terreno. Desde 1999 ha explorado la Patagonia y la Antártida, tanto como montañista como científico, desarrollando un profundo vínculo con los glaciares y la naturaleza remota. Nacido en Santiago, Camilo comenzó su camino en la ciencia desde niño, fascinado por los insectos, la botánica y la astronomía, campos que exploró con curiosidad y dedicación antes de enfocarse en la geofísica y la glaciología. En esta entrevista, Camilo nos comparte su recorrido desde la infancia curiosa hasta convertirse en glaciólogo y explorador, sus experiencias en terreno, la pasión por la montaña, y cómo su trabajo inspira a nuevas generaciones a aventurarse y conocer el mundo desde la exploración científica y humana.

CAMILO RADA

Explorador y Científico chileno


¿Cómo nació tu interés por la naturaleza y las montañas? 

yo creo que el amor por la naturaleza viene mucho de los padres. En mi familia siempre íbamos a acampar de chicos, y en esas épocas no había teléfonos, ni tele, ni nada cuando ibas a acampar. Entonces era realmente ir a la naturaleza: caminar por las piedras de la orilla de la playa, mirar bichitos, cangrejitos, recorrer las dunas y bosques. Siempre estuvo ese interés de observar la naturaleza.

En el colegio donde estuve había mucha integración con el scoutismo. Desde cuarto básico éramos scouts y cada cierto tiempo había campamentos, así que pasaba mucho tiempo en la naturaleza. Me encantaba aprender los nombres de las plantas, los árboles y de los insectos. En esa época me fascinaba coleccionar insectos y tenía miles clasificados con sus nombres científicos. Además, conocí gente como Luis Peña y Alfredo Ugarte, que, junto con mis padres, me motivaron mucho a desarrollar esa parte.

Foto: Camilo Rada G.
Descripción: Grupo scout del colegio Notre Dame durante el campamento de verano del año 1998. Camilo (el primero de la izquierda en la fila de abajo) perteneció a los scouts desde los 9 hasta los 18 años (Enero 1998).

Dentro de mi familia también tenía un tío muy científico. Siempre me gustó la naturaleza, pero con una mirada de conocer, más que de contemplar. Por eso creo que me fui hacia la ciencia: yo quería entender qué comía un insecto, qué pájaro era ese, qué árbol estaba viendo. Me pasó que, al aprender los nombres de los árboles, cuando caminaba por un bosque no me sentía perdido o intimidado, al contrario, era como estar en un lugar familiar. Veía un roble, un lingue, lo que fuera, y el hecho de conocerlo me hacía sentir en casa.

Siempre me sentí muy cómodo en la naturaleza y hasta hoy me pasa. La verdad es que me siento más a gusto en un bosque o en una montaña que en un restaurante o en una fiesta. Estar en la naturaleza me gusta, me hace sentir bien, y pienso que eso viene de mi familia, y del scoutismo, de haber pasado tanto tiempo al aire libre desde pequeño.

Con toda esta conexión con la naturaleza desde pequeño y tu curiosidad por entender cómo funciona el mundo, ¿cómo surgió la idea de combinar esa pasión científica con la exploración de montañas y lugares remotos?

Siempre he sentido que la ciencia y la exploración responden a la misma fuerza, solo que expresada de formas distintas. Ambas son maneras de entender, fascinarse y vibrar con el mundo que nos rodea. Hay gente que opina que entender las cosas científicamente le quita la magia a las cosas, que reduce nuestra capacidad de asombrarnos con el mundo, para mi es todo lo contrario.

Al final del colegio estaba muy motivado con la montaña, pero también con la astronomía. Todos los sábados subía al Cerro Pochoco, donde había un observatorio, pasaba la noche observando nebulosas y galaxias con un grupo de amigos hasta que comenzaba a amanecer. Después, luego de unas pocas horas de sueño, nos íbamos a subir el cerro. Esa mezcla de ciencia y montaña me marcó mucho.

Foto: Manuel Bugueño
Descripción: Campamento alto del Cerro Tocllaraju en la cordillera Blanca, Perú, julio del año 2000. Al fondo a la izquierda se ve el filo noreste del cerro Rarapalca, el mayor logro de Camilo en esa visita a las legendarias montañas de Perú.

Con el tiempo me uní a un grupo que planeaba una expedición al volcán Melimoyu, en Aysén, una cumbre inescalada. Para mí la idea era como explorar otro planeta. Nos preparamos juntos, viajamos a la Carretera Austral y pasamos casi un mes aislados en plena naturaleza. Después de 17 días abriendo una huella por la selva, finalmente logramos llegar al volcán y hacer la primera ascensión; estar parado en esa cumbre, la más alta en cientos de kilómetros a la redonda, fue una experiencia que me voló la cabeza.

Foto: Juan Antonio Villarroel
Descripción: Alcanzar el volcán Melimoyu requería abrir una huella por la densa selva valdiviana. No había lugar para armar las carpas, así que nos hicimos hamacas de malla de kiwi para poder dormir en el bosque (Diciembre 1999).

Me impresionó descubrir que, con ganas más que con recursos, era posible explorar lugares vírgenes. Y justo coincidió con el cambio de milenio: pasamos el año nuevo de 1999 al 2000 ahí arriba, lo que le dio un simbolismo especial. Desde esa experiencia quedé fascinado y me convertí en uno de los más motivados en organizar expediciones. Durante casi toda la universidad me la pasé haciendo una en invierno y otra en verano, siempre a Patagonia y Antártica. La última expedición que no fue al extremo sur fue a la Cordillera Blanca en Perú, donde subí cerros muy conocidos y con ello me sentí validado como montañista, es como medirse con la misma vara que lo hicieron los que eran mis referentes. Pero, en el fondo, lo que más me atraía era lo otro: descubrir montañas inescaladas, y esa validación me hizo sentir preparado para meterme en los lugares más remotos de Patagonia y Antártica, persiguiendo ese deseo descubrir y explorar.

Después de tanta experiencia en montaña y astronomía, ¿Cómo fue que aparecieron los glaciares en tu camino?

Al principio estaba totalmente metido en la montaña, y eso incluso me distrajo un poco de la astronomía, que era lo que estaba estudiando en la universidad. Me demoré más que mis compañeros en sacar la carrera, congelé un semestre para aprender inglés y otro para subir cerros. Pero finalmente terminé mi título de astronomía, y me las arreglé para hacer una tesis en astronomía ligada a las montañas, aprovechando mis escaladas en antártica para evaluar el potencial que tendría poner observatorios en las altas cumbres del continente blanco.

En el intertanto, participé en una expedición que hizo estudios geofísicos en campos de hielo: medíamos el espesor del hielo y la velocidad a la que se movían los glaciares. Esa experiencia me encantó, y terminó de convencerme de cambiar de la astronomía por las ciencias de la Tierra. La astronomía es muy de oficina, y aunque soy muy computín, ya no me podía proyectar a una vida entre cuatro paredes, Fue así como decidí postular a una beca y entré a estudiar un magíster en geofísica en la Universidad de Chile.

Foto: Natalia Martinez
Descripción: Arcos y túneles en el glaciar Bernal, durante la expedición a la Cordillera de Sarmiento el año 2012. El glaciar Bernal es uno de los mejores laboratorios naturales para glaciología en Magallanes, un lugar que Natalia y Camilo siguen visitando cada año.

Al comienzo dudaba entre la volcanología y la glaciología, pero lo que más me atraía era la exploración en la Patagonia, y allí los glaciares son protagonistas. Además, por mi interés en planear expediciones, de forma autodidacta había aprendido a procesar imágenes satelitales para encontrar rutas y mapas, y eso terminó influyendo en mi tesis, que estuvo vinculada a los glaciares y a la percepción remota.

Tuve la suerte de trabajar con Andrés Rivera, uno de los glaciólogos más reconocidos de Chile, y cuando terminé mis estudios él me ofreció un puesto en el Centro de Estudios Científicos en Valdivia. Ahí ya estaba trabajando de lleno en glaciología, y una de mis tareas fue ayudar en la creación de un diagnóstico para la Estrategia Nacional de Glaciares, lo que me dio una visión amplia de lo que faltaba en Chile para gestionar sus glaciares, especialmente en términos de capital humano.

Con esa experiencia encima, confirmé que en Chile faltaba gente dedicada a la glaciología, sobre todo en áreas como la modelación numérica, que siempre me atrajo porque me gusta mucho programar. En paralelo cree un sitio web llamado ExpeNews, que permitía dar seguimiento online a expediciones en tiempo real, antes de que existieran las facilidades actuales de comunicación satelital o redes sociales. El proyecto era interesante, incluso con algunos amigos armamos un proyecto más serio y conseguimos financiamiento Corfo, me dediqué un año a mejorar ExpedNews, pero nunca logró sostenerse económicamente.

Esa fue una pausa, que entre otras cosas me permitió subir muchos cerros, ese año 2011 hasta recibí un reconocimiento de la Federación de Andinismo de Chile como mejor montañista del año. Pero lo que quería era seguir una carrera de investigador, así que postulé a una beca para hacer un doctorado en el extranjero y me fui a Canadá, donde me enfoqué completamente en la glaciología. Ese fue el paso definitivo para consolidarme como investigador, aunque siempre mantuve en paralelo la exploración. De hecho, casi todos los inviernos viajaba a la Patagonia a hacer expediciones, aprovechando las vacaciones de verano en el hemisferio norte.

Foto: Natalia Martinez.
Descripción: Natalia y Camilo en un iglú construido como depósito y refugio intermedio entre los campamentos base y alto en la Cordillera de Sarmiento. Esta expedición dio origen al proyecto Uncharted.

En este camino también conocí a Natalia, mi pareja, que es guía de montaña y comparte conmigo esta pasión. Eso ha sido fundamental, porque juntos hemos formado un equipo muy sólido para seguir combinando ciencia y exploración.

En tus expediciones ¿hubo algún momento decisivo que haya cambiado tu forma de ver el mundo? o ¿Alguna anécdota que destaque por encima de las otras? 

Una de las experiencias que más me marcó fue con el Cerro Buraquio, que nunca logramos subir, a pesar de intentarlo tres veces y pasar casi un mes en cada expedición. Recuerdo especialmente una vez que estábamos a apenas 50 metros de la cumbre; escalaba unos hongos de hielo, me caí y la cuerda me sostuvo. Estábamos agotados, con muy poca comida (apenas un alfajor que terminó cayéndose al vacío) y aun así, volví feliz. Me di cuenta de que lo que realmente me llenaba no era la cumbre, sino la experiencia de explorar, de estar en terreno, de descubrir y compartir esos momentos con amigos.

Foto: Eugenio Guzman
Descripción: Cerro Buracchio visto desde el campamento avanzado durante la tercera expedición realizada tratando de alcanzar su cumbre, Febrero 2003.

Eso me sorprendió, porque siempre había sido muy fanático de las cumbres: para mí, la más alta era la que había que alcanzar. Sin embargo, estas expediciones me enseñaron que la exploración en sí misma me resultaba más gratificante que llegar a la cima. Me di cuenta de lo mismo comparándome con otros montañistas, en especial los que conocí en Ecuador, pues allá suelen subir muchas veces las mismas montañas, y a mí nunca me motivó repetir montañas y de hecho, excepto en el caso de cerros muy cercanos en los que podía entrenar, nunca he subido dos veces la misma montaña. Prefiero descubrir lugares nuevos, empaparme de la historia y las particularidades de cada territorio.

Hoy, incluso en Canadá o en otros lugares lejanos, cuando voy a montañas desconocidas, sigo sintiendo lo mismo: lo que más disfruto no es solo el ascenso, sino entender el territorio, conocer sus valles, ríos, montañas; sentir que la experiencia me pertenece y que me conecta con el lugar. La exploración, aunque no sea “nueva” para el mundo, sí puede ser nueva para mí, y eso hace que cada salida sea enriquecedora.

Después de tantas aventuras y primeros ascensos ¿Cómo surgió la idea de documentar y compartir todo ese conocimiento a través de Uncharted?

La idea de Uncharted surge de manera parecida a lo que pasó con ExpedNews: como una herramienta para las exploraciones que estábamos haciendo. En ese tiempo ya estaba con Natalia, y planeábamos una expedición a la Cordillera de Sarmiento. Cuando revisamos los mapas del IGM, vimos que las curvas de nivel estaban, pero no había nombres ni referencias claras de ríos, valles o montañas; sin embargo, existían muchos relatos de expediciones anteriores, pero era difícil ubicar dónde habían estado o qué habían subido.

Foto: Camilo Rada G.
Descripción: La escalada en Patagonia requiere asumir que el viento, la nieve y todo lo que solemos llamar “mal tiempo” son parte inseparable de la montaña. En la Cordillera de Sarmiento teníamos que aprender a avanzar y escalar en esas condiciones.

Nos propusimos reconstruir esas historias, conectarlas con la geografía y poner en el mapa los nombres de los cerros que protagonizaban esos relatos y las fotos, que nos brindaron las personas que habían estado ahí. Así, logramos que un mapa en blanco cobrara vida, con nombres como Gorro de Duende, Alas de Ángel o Cerro Trono, y con rutas de exploración detalladas. Lo valioso fue no solo resguardar la historia y las exploraciones, sino también poner en valor el territorio y generar vínculos con quienes lo habían recorrido.

Después transformamos esto en un proyecto más grande: mapas de la Cordillera de Darwin, Campo de Hielo Norte y Sur, combinando investigación, exploración de montañas inescaladas y documentación de rutas y primeros ascensos. Aunque no siempre tenemos el tiempo que nos gustaría, cada cierto tiempo actualizamos los mapas con nuevos nombres y rutas. Para mí, Uncharted refleja la combinación de exploración, ciencia y registro histórico, y me permite seguir conectando con el territorio, los compañeros de expedición y la aventura de descubrir lo desconocido.

Uncharted combina exploración, ciencia y relato. ¿Qué importancia le das a contar estas historias y acercarlas a la gente?

Siento que Uncharted ha tenido un impacto grande, y se ha podido corroborar. Por ejemplo, el Cordón Aysén estaba prácticamente inexplorado hasta que en 2017 decidimos ir, hacer un primer ascenso y elaborar el mapa. En los años siguientes, varias expediciones se inspiraron en nuestro trabajo y se lograron muchos primeros ascensos. También hemos visto como los nombres que rescatamos de historias que estaban en el olvido, saltaron de algún modo de nuestros mapas a muchos otros y a los servidores de mapas online, así que ahora todo el mundo los ve en sus teléfonos.

Creo que dar a conocer estos lugares remotos es importante porque transforman a quienes los visitan. Las expediciones largas y exigentes marcan profundamente, y las personas que se aventuran ahí, luego se preocupan por cuidar y respetar el territorio. Además, cuando un cerro recibe una sola visita cada 20 años, el impacto ambiental es mínimo, pero la experiencia que deja en esos visitantes es profunda y muy significativa.

He dado charlas mostrando zonas de montaña inescalada, y cada vez doy de nuevo la charla tengo que “tachar” muchas de las cumbres porque alguien ya las subió, y en la mayoría de los casos fuimos nosotros a través de esas charlas y los mapas os que implantamos la “semilla” que motivó esos ascensos. Por esto siento que nuestra información inspira y motiva, generando un impacto positivo en la gente sin afectar significativamente el medio ambiente, o incluso protegiéndolo, gracias al actuar de las personas que al explorar se hicieron parte y defensores de ese territorio.

Y pensando en todo lo que has vivido con la exploración, y tus expediciones, ¿qué mensaje te gustaría dejar a las nuevas generaciones de exploradores y exploradoras?”

Si tuviera que dejar un mensaje a las nuevas generaciones de exploradores y exploradoras, les diría que se atrevan a salirse de las páginas escritas y de lo que escuchan, que se guíen por sus propios sentidos. Si ven un lugar, una montaña, un lago, algo que les parece fascinante, ya sea en Google Earth, desde la ventana del avión, desde la carretera o desde la cumbre de otro cerro, que se animen a decir: “voy a ir a explorar ese lugar, voy a averiguar dónde está exactamente, cómo llegar, y voy a explorarlo”. La forma más estimulante de exploración no se encuentra yendo a un lugar del que alguien ya habla; se encuentra al descubrir algo por primera vez. Yo también partí yendo a los lugares de los que alguien hablaba, pero lo más emocionante es mirar un cerro, un valle o un lago, investigar si alguien ha ido, y darse cuenta de que probablemente nadie lo ha explorado, para luego aventurarse a descubrirlo por ti mismo.

Esa sensación de ir a un lugar desconocido, de sorprenderse en cada esquina, de no saber qué habrá al otro lado, es la exploración más fascinante. Es súper satisfactorio, porque uno realmente se enfrenta a lo desconocido. Por eso, les diría que se atrevan a plantear sus propias aventuras, no solo a buscar aventuras prefabricadas que hayan leído, visto o escuchado en algún lado.


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